
A veces en el mundo en el que vivimos, en la realidad en la que nos encontramos, en donde tenemos que cuidarnos de decir lo que pensamos en algunos lugares, con tal o cual persona, en donde hay que ocultar las miradas indiscretas que llevan a problemas, en donde hay que sonreír para no llorar ante la indiferencia de las demás personas, donde todo parece un circo cuando te invitan para ser uno más y entretener a los demás invitados siempre sin contar problemas, ya que las reuniones no son para eso, en donde la respuesta obligatoria a la pregunta ¿Cómo estás? es : bien, todo bien! Porque si expresas alegría (por más que fuera que te encontraste 10 centavos en un pantalón del año pasado) te la envidian y si pones tono de preocupación pues, simplemente o no les interesa o SU preocupación es MAS preocupante que la tuya y entramos en una competencia de cuál de las realidades es la mas difícil de sobrellevar, pudiéndose solucionar con un consejo por más pequeño que sea.
La indiferencia es un monstruo grande y pisa fuerte la escucho resonar en mi cabeza a la Negra Sosa cuando me encuentro en esas situaciones, y cuando me canso de todo aquello, sonrío para mí y me abstraigo para dejar volar mi alma más allá de todo eso para que no se empape de tanta falsedad y apatía y la vuelvo a atraer hacia mí y río a carcajadas ante las miradas curiosas de los demás y hago muecas y digo lo que pienso como puedo en ese momento sin pensar en cómo caiga y sin tanto protocolo.
Pienso que hay que ser uno mismo con todos los defectos y virtudes y no dejarse empujar por el “queda bien o queda mal” y así convertirse en uno más de aquellos a los que ni nos parecemos porque, al fin de cuentas, a la única persona a la cual le estaríamos mintiendo y siendo indiferente sería a uno mismo.

